Tengo una gran sombra, una sombra inmensa, lo reconozco, es una parte de mi muy fea, que no me gusta y que rechazo pero que a veces me domina con vehemencia. La histérica, la dura, la intolerante, la rabiosa, la loca, la negativa… Sí, cuando mi sombra emerge inunda cada poro de mi Ser a sus anchas. Y cuando eso sucede la observo, soy consciente y permito que se exprese porque sé que necesita de mi compasión.
Ya pasaron los tiempos de censurarla porque cuando lo hacía lo único que lograba era que dirigiera mi vida, mis reacciones, mis pensamientos y emociones, sin yo darme cuenta. Cuando la desterraba al silencio reprimiéndola, le daba sin saberlo un poder tremendo que ahora ha perdido pues volvía una y otra vez a manifestarse, repitiendo patrones y dramas.
¿Sabes qué? Abandoné hace tiempo la expectativa de ser perfecta y no busco ser ejemplo de nada. Sé que he venido a experimentar el proceso de ser una persona completa, mi fin es aprender a amarme y eso requiere integrar las polaridades que me conforman, abrazar mi luz y mi oscuridad al mismo tiempo.
No es tarea fácil amarse de verdad pues supone aceptar nuestra mezquindad y ser auténtica pasa por aceptarme en mi totalidad. Qué sabio Oscar Wilde que ya nos lo dijo, «No es lo perfecto, sino lo imperfecto lo que precisa de nuestro amor».
Hoy puedo decir que agradezco a mi sombra porque me muestra aquellas partes de mi que aún merecen ser vistas y revisadas, que siguen relegadas a los pasillos de mi propia inconsciencia. Están ahí para mostrarme un camino que aún necesita ser pulido y tratado con cariño para dar lugar a la transformación y que así pueda emerger algo nuevo.
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